"SOR MARTINA DE SAN JERÓNIMO, UNA MONJA ESPECIAL"

Hoy, 267 años después de su muerte, Sor Jerónimo Mejías, sigue en el recuerdo de los fieles, tal vez no conozcan en profundidad su interesante biografía. Nació en 1650, en La Gomera. De su madre se dice que desapareció cautiva de los moros, un día de playa, de baños en el mar, lo que llevo a su padre a trasladarse a Tenerife, para dejar a la niña al cuidado de su tía, Sor María de San Pedro, monja profesa en el convento concepcionista de Garachico.

La religiosa fue acogida con verdadera complacencia en el convento Clariso de San José, en La Orotava. Las religiosas de Garachico pidieron a Sor Martina que volviera de nuevo con ellas. Una vez más se puso de manifiesto la humildad de Sor Martina porque aceptó gustosamente la llamada de sus anteriores compañeras. Estuvo en el convento hasta 1709, año en que voraz incendio obligó a sus moradoras a salir pra recluirse provisionalmente en la casa del Marqués de La Quinta Roja.

Entre las numerosas virtudes que adornaban a esta ejemplar religiosa destacó su desmedido amor al prójimo, su espíritu de sacrificio y su extremada humildad. Sor Martina estaba además adornada con el don de la profecía, y fueron muchas las que exteriorizó a lo largo de su vida, y todas se cumplieron inexorablemente. La muerte de Sor Martina, acaecida el 10 de enero de 1743, cuando tenia 93 años, supuso una commoción entre las sencillas gentes del pueblo, que la veneraban.

Sus restos fueron llevados desde la casa del Marqués de La Quinta Roja, donde había fallecido, hasta el convento concepcionista, cuando este fue reedificado. Una anécdota final: en los comienzos del siglo XIX, una devota indiscreta abrió la urna en que se guardaban los restos de Sor Martina y, sacando un hueso, quiso dividirlo en trozos para entregarlos a distintas religiosas, interesadas también en el tema. "Mas, al tiempo de golpearlo, con un callado, lo hallaron soltando un óleo extraordinario, que manchó dicho callado".

Desde ese momento según la leyenda, el aura de Sor Martina vaga por los muros de la Casa-Palacio de la Quinta Roja y en las noches calmadas de cielo estrellado no pocos la ven deambular por la galería de tea, desde el viejo comedor con el techo artesonado de madera de tea hasta el aljimez que mira al horizonte, con el Roque como testigo y guía, el océano que pestañea con su oleaje como saludándole, como agradeciéndole su mirada profunda llena de complicidad.